Pues un viernes más, y fiel a mi cita, aquí estoy escribiéndoos el artículo/capítulo número 56 consecutivo de este mi blog, o comunidad llamada o «apodada»: @elblogdejorgeesquirol.
Termina agosto, y con ello la época vacacional para muchos. ¿Alguna vez has sentido que dentro de ti conviven dos personas completamente distintas y que ninguna está dispuesta a ceder? No hablo de un doppelgänger ni de un capítulo de «Black Mirror», sino de tu yo vacacional y tu yo real peleándose a muerte mientras tú solo quieres tomarte una caña en paz, en estos últimos días de veraneo. Y ahí estás tú, en bañador, con las chanclas puestas y el ventilador haciendo un ruido que podría competir en decibelios con un concierto de rock, intentando disfrutar de ese descanso tan esperado, cuando de repente, ¡bum!, aparece el yo real como un jefe agobiado con agenda apretada y un calendario lleno y recordatorios en rojo chillón.
—El lunes tienes una reunión, y el viernes tienes que presentar un informe —susurra con voz de tormenta el yo real, mientras el yo vacacional le responde con una sonrisa de «mira, aquí estás, vuelve cuando te apetezca, que aquí estoy para esperarte cuando quieras volver a este relax total».
Dualidad extrema, ¿cierto? Lo sé, no es fácil mantener la calma cuando la parte seria de ti tiene un megáfono invisible y te repite sin descanso todas las cosas que «deberías» estar haciendo: que deberías organizar la casa, que deberías responder esos mails… Que deberías empezar a preparar la agenda de septiembre…
Pero ahí estás tú, atrapado entre esas dos voces que no paran de hablar, como una conversación entre dos loros: la que te exige y la que solo quiere poner los pies en la arena, cerrar los ojos y fingir que el mundo no existe.
Y no solo es eso. La que yo llamo «crisis existencial en chanclas» trae consigo una serie de momentos épicos que, si no fueran tan dramáticos, serían dignos del mejor show de comedia que jamás hayas podido ver, por ejemplo, cuando decides cortarte el flequillo porque «total, ¿qué puede salir mal?» y acabas pareciendo un hámster con el pelo al viento, o cuando bailas solo en la cocina con una canción de los 80 y no te importa que la vecina del piso de abajo tenga la sensación de que ha empezado la fiesta del siglo en tu casa sin invitación previa.
Pero la cosa no termina ahí, también están las conversaciones internas que son más divertidas que cualquier comedia de situación: «¿Debería comerme otro helado o mejor paro antes de convertirme en una bola de nata?», «¿Vale la pena la tercera crema solar o ya he cruzado el límite del sentido común?», «¿Puedo mandar ese WhatsApp que llevo tres horas pensando o sería demasiado desesperado?»…
Y mientras te debates con estas preguntas existenciales, la vida sigue pasando y tú sigues en modo “me-tengo-que-relajar-pero-no-puedo”.
Ah, y no podemos olvidar ese momento glorioso cuando el yo vacacional tiene un «crash» con el socorrista de la piscina mientras el yo real se pone la máscara de profesor estricto y recuerda la última vez que intentaste algo parecido y acabaste con una sandalia voladora como arma secreta en una escena digna de película cómica de los «Monty Python», sí, esa misma sandalia que voló más lejos que tus planes de conquistar el mundo.
Pero es justo ahí donde reside la magia: a pesar de esta guerra interna digna de un drama «shakesperiano», hay momentos en los que el yo vacacional y el yo real hacen una tregua sin que te des cuenta, como cuando consigues dormir una siesta perfecta, esas en las que despiertas confundido pero feliz, o cuando te ríes hasta que te duele la tripa con amigos sin pensar en correos, reuniones o tareas pendientes.
Así que si ahora mismo estás viviendo tu propia crisis existencial en chanclas, mi consejo es que no te la tomes demasiado en serio, ríete de ti mismo, de tus decisiones absurdas y de esos momentos en los que eres un desastre glorioso, porque, al final del día, te das cuenta de que la vida es demasiado corta para no disfrutar de la comodidad de unas buenas chanclas y la libertad de dejar que el yo vacacional tome el control, aunque sea solo un rato.
Y recuerda, aunque el yo real y el yo vacacional no siempre se hablen, pueden coexistir, conectar e incluso ponerse de acuerdo en hablar el mismo idioma. Solo tienes que dejar que cada uno tome su turno en el escenario y aprender a bailar al ritmo de esta comedia interna que es sencillamente tu vida.
Así que prepárate, ponte las chanclas y disfruta, porque «la crisis existencial en chanclas» no es solo una lucha, es también una oportunidad para reír, relajarte y, sobre todo, ser tú mismo, con todo lo loco y maravilloso que eso implica.
Por cierto, no te relajes demasiado, porque se te puede olvidar hacer las maletas…
Jorge Esquirol.
@elblogdejorgeesquirol.