¿Cómo estáis? Un viernes más, ya estamos a mitad de mes de este enero de este nuevo año 2026, y espero que tod@s y cada un@ de vosotr@s lo hayáis arrancado con energía, buenas vibraciones, mucha salud y miradas ilusionantes, hacia vosotros mismos y hacia los demás…
Y justo de eso os he querido escribir esta semana: de miradas… de «miradas cálidas», como habréis observado en el título de este, ya 77.º artículo consecutivo de esta comunidad, cada día más grande, de @elblogdejorgeesquirol.
Hay miradas que no atraviesan los ojos, sino la vida. No se detienen en la forma ni en la apariencia; descienden, lentas y conscientes, hasta el lugar donde el ser humano guarda lo que no sabe nombrar.
Una mirada cálida no se impone ni se reclama, no irrumpe, sino que permanece y se queda. Y en ese quedarse ocurre lo extraordinario.
Vivimos rodeados de palabras, pero la mayoría vacías de contenido y escasas de sentido. Habitamos discursos, opiniones, diagnósticos rápidos; sin embargo, para mí, falta lo esencial, lo que yo llamo «la palabra que cuide»: esa palabra que no exhiba inteligencia, sino humanidad; que no pretenda vencer, sino sostener. Porque hay una diferencia radical entre hablar y tocar el alma de alguien, y es en esa diferencia donde nace, me atrevería a afirmar, casi siempre, una mirada cálida.
Las palabras son materia viva, tienen peso, temperatura, memoria… Son capaces de arrastrar la dignidad de quien las pronuncia y la fragilidad de quien las recibe. No son inocuas; todo lo contrario: pueden levantar al que se tambalea o empujarlo definitivamente al borde del abismo. Es por esto que considero que cada palabra que pronunciamos es una responsabilidad ética, cada frase una toma de posición frente al mundo, y cada silencio, una elección que debe ser meditada antes de ser pronunciada.
Quien sufre no pide explicaciones, pide amparo. No necesita argumentos; necesita compañía. Hay dolores que no se alivian con soluciones, porque aún no han sido escuchados. Y escuchar —escuchar de y con verdad— exige renunciar al protagonismo, exige callar el ego, suspender el juicio, apagar la urgencia de responder. Exige, en definitiva, ofrecer una mirada cálida cuando todo invita a mirar hacia otro lado.
La solidaridad auténtica no es grandilocuente ni espectacular, no necesita escenario ni aplausos… Es discreta, casi invisible, y se manifiesta en la forma en que miramos al cansado, en cómo hablamos al que ha errado, en cómo tratamos a quien ya no puede dar nada a cambio. La verdadera solidaridad no se mide por lo que damos, sino por cómo lo damos y, sobre todo, por cómo nos miramos.
Hay seres humanos que caminan con heridas sin nombre. No las muestran porque han aprendido a sobrevivir ocultándolas y conviviendo con ellas como compañeras. Esos seres humanos son expertos en sonreír mientras se desmoronan por dentro. Para ellos, una mirada cálida puede ser la diferencia entre resistir un día más o rendirse para siempre en silencio, porque sentirse visto (con verdad) es una forma profunda de salvación.
Una mirada cálida no invade, no fiscaliza, no reduce. No transforma al otro en problema ni en proyecto, sino que lo reconoce, lo legitima, lo devuelve a sí mismo.
Una mirada cálida es una mirada que no pregunta «¿qué te pasa?», sino que afirma: «estoy aquí». Y en ese «estoy aquí» se reconstruye una dignidad que quizá llevaba tiempo quebrantada.
La compasión, cuando es lúcida y verdadera, no humilla, no coloca al otro en posición de inferioridad moral. No, querid@s lector@s y amig@s, todo lo opuesto… lo eleva, lo sitúa a su lado, nunca por encima. Camina a su ritmo, acepta sus pausas, respeta sus silencios… Porque no todos los procesos tienen el mismo ritmo, y no todas las heridas deben ser cerradas de inmediato; algunas solo quieren ser sostenidas.
Las palabras pueden ser puentes o abismos, semillas o escombros… Hay palabras que llegan demasiado pronto y palabras que llegan demasiado tarde. Por eso, la sabiduría no está en hablar más, sino en hablar mejor: en decir lo justo en el momento preciso, en callar cuando el silencio abriga más que cualquier frase. En comprender que, a veces, una mirada cálida dice lo que mil discursos y diez mil palabras no alcanzan.
Comprometerse con el prójimo es aceptar que su dolor no nos es ajeno. No para apropiarnos de él, sino para no ignorarlo. Es decidir que la indiferencia no será nuestra lengua habitual. Es educar nuestra sensibilidad como se educa el pensamiento: con rigor, con atención, con análisis y con coherencia. Porque no hay verdadera inteligencia sin ternura, ni auténtica lucidez sin compasión.
Todos, sin excepción, hemos sido alguna vez ese alguien que necesitaba ser mirado sin condiciones. No me confundo al afirmar que absolutamente todos hemos atravesado noches largas, silencios densos y derrotas íntimas. Recordar estas vivencias nos vuelve humildes; olvidarlas puede volvernos crueles. Y quizá ahí resida una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo: no perder la capacidad de mirar al otro con humanidad.
Una mirada cálida no cambia el mundo entero, pero cambia el mundo de alguien, de un ser humano como tú o como yo. Y eso, en un universo tan vasto, no es poca cosa. Es, tal vez, el gesto más revolucionario que nos queda, el más sencillo y a la vez el más difícil, pero sobre todo el más necesario.
Que nuestras palabras sepan cuidar.
Que nuestros silencios sepan acompañar.
Que nuestras miradas no se enfríen con la costumbre.
Porque, al final, cuando todo se despoja de lo accesorio, cuando la vida nos pide lo esencial, solo queda eso:
«Una mirada cálida»
Jorge Esquirol
@elblogdejorgeesquirol






Un comentario
Otro texto más lleno de sentimiento, de sensibilidad y de empatía hacia quien lo necesita.
Esa mirada cálida, ese tender la mano, ese estar ahí cuando el otro se siente angustiado… ese tiempo empleado en cuidar, el cariño puesto y el aparecer de ese brillo en los ojos de quien mantenía su cabeza gacha por el dolor que sentía en su interior… todo eso es compartir una fuerza, crear una sinergia y dar esperanza a quien no ve más allá de la oscuridad.
Tal acción es reconfortante para ambos, uno recibe y siente la calidez de esa mirada y el otro se llena de bondad, de energía e intenta transmitirla y siente gran alegría y paz cuando ve que su entrega empieza a hacer germinar la semilla. Y no debemos de olvidar, también, que los duros momentos crean uniones inquebrantables y reciprocidades inesperadas.
Muchas gracias, Jorge, por otro viernes más de hacernos parar, reflexionar y concienciarnos de los verdaderos valores que pueden unir almas y enlazar corazones.