«La razón no alcanza»

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«La razón no alcanza»

¿Cómo estáis, queridos amigos y lectores? Cómo pasa el tiempo… ya casi estamos a mitad de febrero de este nuevo año, que espero que os esté tratando bien.

Bienvenidos, un viernes más, a este, ya, artículo número 81 consecutivo de: @elblogdejorgesquirol.

Toda razón comparece cuando todo ha ocurrido ya en otra parte, como cuando nuestra mente o retentiva nos dice: «esto ya lo he vivido». La llegada de la razón no es significativa de inauguración de nada, sino de certificación de «todo»; es como si fuera el notario tardío de una escena completamente vacía. Redactar con precisión aquello que no presenciamos es un acto de crecimiento, de intuición y, quizá, de valentía; por eso su exactitud nos resulta en muchas ocasiones sospechosa. Escribir de algún lugar sin haber estado, delimitar un objeto sin haberlo tocado o palpado, son acciones que concluyen en la respuesta de estar sin haber atravesado el momento. Pretender que nuestra mente y comprensión alcancen esos límites es exigirle presencia cuando tan solo posee archivo, y en algunos el archivo está vacío.

Pensar, meditar, reflexionar o analizar es, casi siempre, una forma de administración del retraso.

La conciencia ordinaria confunde la inteligibilidad con el dominio; se convence y nos convence de que creer entender equivale a poseer. Me atrevería a deciros que en muchas ocasiones ignora que la mayor parte de lo real no se deja capturar sin deformarse. Lo que la razón toca lo reduce al minimalismo conformista; lo que nombra lo inmoviliza… lo que explica lo empobrece… y no por error, sino por simple estructura. La razón no es violenta por intención, sino por método o metodología.

La claridad no es una virtud neutra; es una toma de decisión o de posición desde el punto de vista de tu propio pensamiento.

Hay zonas donde el pensamiento no se rompe, sino que se vuelve irrelevante. Continúa operando con una coherencia impecable, pero ya no afecta a nada… La palabra correcta es que, cuando se llega a este punto, nuestro pensamiento «divaga», como una maquinaria perfecta girando fuera de la verdad y del mundo. Es en ese punto donde debemos insistir en comprender que no es valentía intelectual, sino apego; sí, apego a la forma conocida del sentido, apego a la ilusión de una continuidad irreal y desconocida.

El límite no se anuncia nunca; como muchas veces os escribo, se limita a infiltrarse.

Toda filosofía que prometa acceso miente por omisión. No existe umbral que conduzca al centro, simplemente porque no hay ni existe ese centro. Lo verdaderamente existente son los desplazamientos sucesivos del marco desde el cual se formula la pregunta. Cada respuesta reorganiza el escenario y nunca lo clausura, bajando el «telón» de nuestra propia racionalidad. La razón cree avanzar, pero en realidad tan solo se reubica; el movimiento siempre es interno y no progresivo.

Nunca se llega; lamentablemente, se abandona en nuestro cajón personal de la dejadez extrema y del olvido.

El pensamiento extremo no busca verdad, sino toda la exposición posible. No intenta esclarecer, sino despojar y desnudar una verdad impuesta. Siempre opera por sustracción y no por acumulación. Es capaz de «robarnos» apoyos y eliminar garantías; incluso es capaz de erosionar evidencias. Y lo que queda no es un saber superior, sino una intemperie más nítida, añadida a una visión de análisis tan borrosa y bochornosa que la razón ya no sirve como refugio, sino solo como recuerdo.

La inteligencia elevada no añade luz; reduce el ruido interior y exterior.

Existe una, llamémosle, «violencia silenciosa» en toda explicación. Explicar es cerrar un campo, fijar una trayectoria o cancelar alternativas. La razón necesita clausura, aislamiento, para funcionar a un nivel requerido o superior; pero lo real no se deja clausurar tan fácil sin que existan pérdidas…

Cada cierre es una amputación «elegante», pero necesaria… cada sistema, una «mutilación» ordenada.

La coherencia, como la conciencia, es un estilo de vida y no una estética ni, como dicen muchos, una prueba.

Pensar más allá de la razón no es irracionalidad; es fidelidad a lo que no se deja traducir. Es implicación con la intelectualidad de uno mismo y es progreso personal. Hay experiencias que no fracasan al ser pensadas y también fracasan al ser comunicadas. Yo he llegado a la conclusión de que no es por resultar confusas, sino porque son demasiado precisas para el lenguaje disponible. El error no está en la experiencia, sino en el medio, en el entorno, en tu propia actitud y conformismo, impuesto o elegido.

El lenguaje nunca esperéis que sea transparente (a no ser para lectores con pocas luces), sino que siempre se nos presentará como una frontera móvil y difícil.

Cuando la razón insiste, llega a «anestesiarnos». Construye relatos para proteger al sujeto de la exposición directa a lo inconmensurable. Convierte el abismo en concepto, el vértigo en categoría y la ruptura en teoría y, así, lo insoportable se vuelve dócil y manejable; y al volverse de esta manera deja de ser verdadero y, sobre todo, real, y pierde toda su autenticidad.

Queridos amigos, pensad siempre que comprender puede ser una forma sutil de huir de nosotros mismos.

Hay pensamientos que no concluyen en una idea, sino en una transformación irreversible del que piensa. No se trata de producir tesis, sino de producir desgaste… Después de ellos, ya no se puede volver al mismo nivel de ingenuidad conceptual; ya nunca más te aportan respuestas, y te retirarán certezas. Su efecto no es informativo, sino ontológico, y no se transmiten, se padecen.

La verdadera razón opera siempre desde una exterioridad cercana.

Como consejo personal: observa, clasifica y relaciona. Pero también os digo que lo decisivo no ocurre en el plano observable, sino que acontece sin testigos, sin relato y sin memoria estructurada. La razón llega después y reconstruye una escena o pensamiento que ya no existe, que cree haber entendido, cuando tan solo ha ordenado los restos sobrantes…

Yo apodo al entendimiento como «la arqueología del sentido perdido».

Quien exige inteligibilidad absoluta confunde verdad con ergonomía; pretende y quiere que el mundo se adapte a sus capacidades cognitivas. Pero lo real y verdadero, para mí, no es negociable. No todo debe ser simplificado para ser accesible y no se vuelve claro por cortesía. La razón, al exigir comprensión y compromiso, revela su límite ético: solo acepta aquello que puede domesticar.

Para terminar, os quiero escribir sobre ese «aquí» (tan de moda), donde la inteligencia consiste en soportar la indocilidad.

Hay una forma de rigor que consiste en callar, no por impotencia, sino por exactitud y dignidad. Nombrar menos para no falsear tus respuestas u opinión; retirarse del discurso para no traicionar la experiencia… El silencio, este punto clave, no es vacío; es contención y, sobre todo, es prudencia ante la falta de tu propio saber.

«La razón no alcanza», porque no fue hecha para alcanzar; fue hecha para ordenar lo alcanzable.

Lo que excede ese marco no es del todo irracional; es anterior. No espera ser entendido, no pide permiso al concepto, sino al análisis profundo; acontece y se retira, dejando una marca sin una semántica estable. Y quien intenta fijarla o apropiarse de ella en su pensamiento sin tener la capacidad correcta acaba perdiéndola. Y lo más infructuoso, lamentable y triste es que quien la pierde cree y está en el convencimiento de haberla comprendido, cuando en realidad no ha entendido nada.

Aquí termina mi artículo y aquí termina mi razón o razonamiento, que, como os digo, no lo termino por agotamiento, sino por fidelidad a su límite.

Lo que sigue no se debe pensar, sino analizar y soportar.

Os abrazo,
Jorge Esquirol.
@elblogdejorgeesquirol

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