Hola a tod@s desde cualquier lugar del mundo que estéis leyéndome, bienvenidos a mi artículo, ya número 88, consecutivo, sin fallar un sólo viernes, ni una semana.
Me imagino, que muchos de vosotros estaréis de Semana Santa, así que aprovecho para desearos unos buenos días.
Este nuevo artículo, lo he querido llamar “Silencio Interior”.
Hay un punto, (anterior a toda formulación y posterior a todo argumento), en el que el lenguaje claudica, y no es por insuficiencia retórica, sino por exceso de realidad, donde la palabra ya no nombra, apenas señala, y, es en ese umbral donde comienza algo, con una gravedad que no admite artificio, el silencio interior.
No es una categoría psicológica….
No es un estado de ánimo….
No es una técnica….
Es, más bien, una forma de verdad.
La muerte de Jesucristo no pertenece únicamente al registro de lo histórico ni al de lo teológico en sentido académico, es, en su núcleo, un acontecimiento que desborda ambas dimensiones, no se deja reducir a crónica ni a concepto…su radicalidad no reside solo en el hecho, (la crucifixión), sino, más bien, en lo que inaugura, que no es más que una interrupción ontológica del ruido.
En el Gólgota no se produce únicamente una ejecución.
Se consuma una exposición absoluta.
Todo queda despojado.
El poder revela su violencia sin máscara.
La multitud, su volatilidad moral.
El discípulo, su fragilidad.
El hombre, su límite.
Y en medio de ese despliegue, (que podría haber quedado fijado como mero estruendo histórico), emerge algo más decisivo, un silencio que no es vacío, sino densidad histórica imborrable.
No es un silencio de ausencia, sino de presencia irrevocable.
Ese silencio no irrumpe para consolar, sino para desvelar.
En la tradición cristiana, la cruz no es únicamente el signo del sufrimiento redentor; es también la suspensión de toda ilusión antropológica… allí donde el ser humano ya no puede sostener ninguna coartada, donde la narrativa se quiebra y donde la interpretación cede ante la evidencia.
Y lo que queda no es explicación, sino, más bien una confrontación.
El silencio interior participa de esa misma estructura, no tranquiliza, sino ordena…no suaviza…, delimita, no distrae, sino concentra.
Por eso resulta insoportable para una época que ha hecho de la dispersión su hábitat natural.
La contemporaneidad no se define tanto por la acumulación de ruido como por la incapacidad de sustraerse a él, no se trata de que haya demasiadas voces, sino de que ninguna se escucha hasta el final.
El pensamiento se ha fragmentado….
La atención, erosionado…
La interioridad, externalizado..
En ese contexto, el silencio interior no es una opción estética, sino una forma de resistencia ontológica.
Resistencia a la trivialización de lo esencial.
Resistencia a la inflación de lo irrelevante.
Resistencia, en última instancia, a la disolución del sujeto.
Pero sería una simplificación, (y casi una injusticia), confinar este silencio al ámbito exclusivo de una confesión concreta, aunque la muerte de Cristo alcanza una expresión de singular…la intensidad, su estructura remite a una experiencia más amplia… la del ser humano enfrentado a su propia verdad sin mediaciones.
Toda tradición espiritual que no haya sido reducida a mera formalidad conoce este punto.
Toda búsqueda auténtica, tarde o temprano, lo atraviesa.
Cambian los símbolos.
Se modifican los lenguajes, pero la experiencia permanece, un lugar donde el yo ya no puede dispersarse sin perderse.
Ahí, y solo ahí, comienza el silencio interior.
No es casual que este silencio incomode…porque exige una renuncia previa: la renuncia a la autoindulgencia y a la vez una construcción constante de versiones suavizadas de uno mismo.
A la tendencia, (tan contemporánea), de convertir la identidad en relato, es principio de la “no en verdad”
El silencio interior no admite esa deriva.
No negocia con la imagen.
No se satisface con la apariencia.
No se deja instrumentalizar.
Simplemente muestra.
Y lo que muestra no siempre coincide con lo que querríamos sostener.
En este sentido, la cruz no solo interpela al creyente en términos de fe, sino en términos de radicalidad existencial.
Os pregunto:
¿Qué permanece cuando todo ha sido despojado?
¿Qué queda cuando el reconocimiento, la seguridad, la pertenencia y el sentido aparente se suspenden?
La respuesta no es conceptual…es vivencial, y, acontece, inevitablemente, en silencio.
Se ha confundido con frecuencia el silencio con la evasión, con la retirada, incluso con una forma de pasividad…nada más distante.
El silencio interior es exigente porque implica una reconfiguración de la atención, una jerarquización de lo que merece ser pensado, una depuración constante de lo superfluo.
No es inactividad, es precisión, y esa precisión, (cuando es real), se traduce inevitablemente en una forma distinta de estar en el mundo…. más consciente, más sobria, menos reactiva….
Más libre.
La muerte de Cristo, contemplada desde esta clave, deja de ser únicamente un objeto de devoción o de análisis, se convierte en una llamada.
No a repetir fórmulas.
No a adoptar gestos externos.
Sino a atravesar, cada uno en su medida, ese mismo umbral de verdad, un umbral que no se cruza con palabras, sino con disposición, con una disposición que no busca entenderlo todo, sino dejar de evitar lo esencial.
No es necesario imponer esta lectura.
Ni convertirla en doctrina cerrada.
El respeto auténtico no diluye la convicción; la sostiene sin violencia.
Reconocer la centralidad de la muerte de Cristo en la tradición cristiana no implica negar la profundidad de otras formas de búsqueda, al contrario, permite situarla con mayor rigor, sin necesidad de simplificarla ni de absolutizarla de manera reductiva.
Porque la verdad, cuando es tal, no compite.
Se impone por su propia densidad.
Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea el error, sino la superficialidad, y quizá no sea la duda, sino la incapacidad de sostenerla.
No es la falta de respuestas, sino la ausencia de preguntas reales.
Frente a ese riesgo, el silencio interior no ofrece soluciones rápidas, ofrece algo más incómodo, una exigencia.
La de detenerse.
La de mirar sin intermediarios.
La de sostener lo que aparece sin reducirlo inmediatamente a discurso.
El mundo no va a callar, ni lo pretende.
Seguirá produciendo estímulo, velocidad, opinión, reacción.
La cuestión, entonces, no es si el ruido cesará.
Es si habrá, en medio de él, sujetos capaces de no disolverse ni despistarse, capaces de sostener un espacio interior no colonizado, capaces de pensar sin eco… y, capaces, en definitiva, de habitar ese silencio que no niega el mundo, pero tampoco se somete a él.
Puede emerger algo que no sea repetición….
Algo que, en un sentido profundo y casi olvidado, merezca llamarse verdad.
Feliz Semana Santa a tod@s.
Jorge Esquirol.
@elblogdejorgeesquirol.





