Hoy no quiero escribir desde la razón, prefiero hacerlo desde la ausencia.
Hay días que llegan sin hacer ruido, días que aparecen en el calendario como una fecha más y, sin embargo, contienen dentro de sí una vida entera y hoy es uno de esos días.
Hace exactamente cuatro años se cerró “la última puerta” de mi familia…mi padre se marchó…y con él desapareció el último rostro que todavía podía pronunciar mi nombre con la memoria completa de quien me vio llegar al mundo.
Desde entonces soy, en cierto modo, un extranjero en mi propia sangre, un huérfano absoluto…. qué palabra tan extraña es: huérfano, ¿cierto?
Porque durante años creemos que la orfandad pertenece únicamente a los niños, nos imaginamos pequeños zapatos en pasillos vacíos, lágrimas infantiles y manos buscando refugio.
Pero nadie nos explica que también existen huérfanos con canas, huérfanos que pagan facturas, huérfanos que luchan día tras día contra su soledad y tristeza, también los hay que sonríen, que aprenden a seguir adelante mientras llevan un cementerio entero escondido detrás de los ojos.
Hay pérdidas que rompen una parte de nosotros y que nos obligan a convertirnos en alguien distinto, la muerte de mi padre fue una de ellas, porque cuando murió no solo se marchó una persona, se marchó un amigo, una biblioteca, una época, una voz, una manera de entender el mundo.
Se marchó el único ser humano que conservaba intactos los primeros capítulos de mi historia, incluso los que yo ya había olvidado, los que solo él recordaba…y eso es lo que más duele con el paso del tiempo…no es la muerte, ni el silencio, ni siquiera la ausencia, lo que duele es comprender que hay recuerdos que desaparecen para siempre cuando desaparece quien los guardaba.
Mi padre conocía cosas de mí que jamás volveré a saber, sabía cómo era mi voz cuando aprendí a hablar, cómo caminaba cuando apenas podía sostenerme, qué miedos tenía de niño, las preguntas que hacía, o cuales eran mis sueños.
Y todo eso se fue con él….como si una parte secreta de mi propia biografía hubiera sido borrada para siempre.
Muchas veces pienso que la muerte no consiste en dejar de existir, consiste, más bien, en convertirse en recuerdo, y ese es el verdadero milagro por lo que algunos recuerdos continúan respirando y manteniéndose en el tiempo mucho después de que las personas se hayan ido…porque mi padre sigue apareciendo, y no en fotografías, ni en sueños, ni en homenajes…donde aparece en esos pequeños detalles que me dejó como legado, en esos gestos o en frases que descubro pronunciando sin darme cuenta….también en silencios que se parecen demasiado a los suyos, en determinadas maneras de mirar el horizonte o en ciertas decisiones, en su bondad, en su sonrisa y en su risa…
En algunos principios que me acompañan desde hace décadas…y entonces es cuando llego a la conclusión de algo…nunca terminamos de perder a quienes amamos, simplemente aprendemos a encontrarlos en lugares diferentes, los buscamos donde ya no están…y acabamos descubriéndolos donde nunca habíamos mirado…dentro de nosotros.
La sociedad actual tiene prisa para todo, incluso para el dolor…parece que existe una fecha de caducidad para la tristeza.
Un límite invisible a partir del cual se espera que volvamos a ser productivos, eficientes y funcionales.
Pero el amor no entiende de calendarios y el dolor mucho menos…
Hay personas que siguen acompañándonos, aunque hayan pasado años, porque el tiempo no mide la ausencia, sino la distancia …y os aseguro que hay distancias imposibles de recorrer.
Hoy se cumplen cuatro años, cuatro años sin escuchar su voz.
Cuatro años sin una conversación interminable más, sin nuestros abrazos, besos o “te quiero”
Cuatro años sin la posibilidad de hacer una última pregunta…de quedarme sin decir algunas cosas que quizá debí decir.
Y, sin embargo, también son cuatro años descubriendo algo extraordinario, que el amor auténtico no desaparece…se transforma, se vuelve más silencioso, más profundo, más invisible, pero también más eterno….
Mi padre ya no puede caminar a mi lado, pero sigue formando parte de cada paso….no puede corregirme o aconsejarme, pero sigue influyendo en mis decisiones.
Es cierto que ya no puede abrazarme cómo yo a él tampoco, pero sigue habitando los lugares donde aprendí el significado de la palabra “refugio” u “hogar”, y quizá ahí esté la gran paradoja de la existencia….las personas se van, el amor no; el cuerpo desaparece, pero la huella permanece, la voz se apaga, pero el eco continúa viajando durante décadas.
Hoy soy consciente de algo que antes no entendía.
La verdadera herencia no son los bienes, ni propiedades.
Ni objetos.
La verdadera herencia son las enseñanzas invisibles que una persona deja grabadas en nuestra forma de vivir, y eso, querid@s lector@s, eso, nadie puede arrebatárnoslo, eso no envejece, ni mucho menos muere.
Por eso hoy no quiero escribir un artículo sobre la muerte, prefiero, escribir un artículo sobre la permanencia, sobre todo aquello que continúa existiendo, aunque ya no podamos tocarlo, porque quizá la eternidad sea exactamente eso…seguir viviendo en el corazón de alguien ..seguir inspirando decisiones, seguir provocando sonrisas o despertando lágrimas. Seguir estando, aunque ya no se esté.
Hoy, cuatro años después, sigo echando de menos a mi padre.
Y probablemente lo haré siempre y cada día de mi vida, pero también sé que tuve la inmensa fortuna de tenerlo.
Porque el dolor de perder a alguien siempre será el precio que pagamos por haberlo amado, y, sinceramente, volvería a pagar ese precio una y mil veces.
Al final, todos atravesamos puertas, algunas conducen a nuevos comienzos, otras nos obligan a despedidas imposibles.
“La última puerta” de mi familia se cerró hace cuatro años, pero el amor que habitaba detrás de ella sigue abierto, y mientras siga recordándolo y pueda seguir sintiéndolo o escribiéndolo, mientras siga pronunciando su nombre en el silencio…mi padre no habrá desaparecido del todo.
Porque hay personas que se marchan de la vida, y, otras que, sencillamente, cambian de lugar para siempre.
Con lágrimas en mis ojos, tan sólo me queda decirte…
Descansa en paz, papá.
Sigues siendo mi “hogar” ❤️
Jorge Esquirol.
@elblogdejorgeesquirol






Un comentario
Comparto contigo la misma opinión… la muerte no es un final, es una transformación y por ello cambia la manera de percibirlos porque ya no hay un cuerpo, pero sí alma… Tu padre, Jorge, está siempre contigo y en tí. 🙏🏼