«¿De qué sirve la magia?»

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«¿De qué sirve la magia?»

Hola a todas de nuevo, ¿cómo os va este inicio de año? Sabéis que, como de costumbre, os deseo absolutamente todo lo mejor. La pregunta no es inocente.

Sin más dilación, vamos con este nuevo artículo, sumando uno más, y ya el número 76 consecutivo de esta sociedad, comunidad o reunión de lectores del mundo llamada: @elblogdejorgeesquirol.

Hoy he querido escribiros y titular este nuevo artículo: «¿De qué sirve la magia?»

La verdadera magia nunca lo fue, nunca fue tal.

¿De qué sirve la magia? No interroga una función, ensaya una profanación. Preguntar para qué sirve algo es ya intentar colocarlo dentro de un régimen de utilidad, someterlo a la economía de lo mensurable, forzarlo a justificar su existencia ante una inteligencia que solo reconoce aquello que puede administrar.

La magia no responde a esa pregunta, más bien la desautoriza.

La magia no sirve porque, según mi opinión, no pertenece al orden del servicio. Allí donde algo sirve, se deja instrumentalizar; allí donde se deja instrumentalizar, pierde su densidad ontológica.

La magia comienza exactamente en el punto donde la utilidad fracasa como criterio de verdad. Preguntar por la utilidad de la magia es como preguntar por el uso del abismo: la pregunta revela más del interrogador que del objeto.

La magia no es una práctica…
No es una creencia…
No es una técnica….

La magia es una categoría irreductible del ser, una anomalía persistente en toda tentativa de clausura del mundo. Allí donde el pensamiento aspira a completarse, la magia introduce un resto que no se deja asimilar, no como déficit, sino como exceso.

La magia no falta, sino sobra.

Antes de que el mundo fuera sometido a la tiranía de la claridad, la magia funcionaba como una gramática silenciosa de lo real. La magia no explicaba el mundo, lo mantenía abierto, como una esperanza ficticia e irreal. En ningún momento la magia producía conocimiento acumulable, sino tensión significativa. El universo no era un sistema; era un campo de resonancias donde cada cosa remitía a otra sin agotarse jamás en esa remisión.

Nada coincidía plenamente consigo mismo, y en esa no coincidencia residía el sentido.

La magia no opera en el plano de la causalidad, sino en el de la correspondencia no demostrable. No —y nunca— pregunta qué produce en realidad, sino qué se reconoce en qué. La relación no es mecánica, es simbólica; no es verificable, es inevitable dentro de una constelación que solo puede percibirse desde dentro.

La magia no prueba, sino que configura.

Pensar la magia exige una violencia contra el pensamiento mismo. Sí, amig@s y querid@s lector@s, la magia es la renuncia a la clausura. Allí donde la razón exige definición, la magia responde con ambigüedad estructural, no como defecto, sino como condición de posibilidad. Lo perfectamente definido está muerto; lo ambiguo aún resiste.

La magia es la forma más rigurosa de esa resistencia.

La modernidad no refutó la magia, sino que la rebajó. La desplazó al folclore, al espectáculo, a los grandes shows, a la superstición, mientras conservaba —sin saberlo— su esqueleto y significado vacío. Es el caso de los rituales sin misterio, palabras sin espesor y símbolos sin consecuencia. El mundo se volvió transparente y, al mismo tiempo, inhabitable. Y la magia no fue expulsada: la verdadera magia de la que hablan tantos fue desactivada.

Pero aquello que pertenece a la estructura del ser no puede ser eliminado sin que el mundo colapse sobre sí mismo. La magia persiste como resto indigerible, como punto ciego de toda racionalización, como silencio que no puede ser traducido sin destruirse. Allí donde el lenguaje se vuelve insuficiente y la comprensión humana, irracional —sin volverse muda—, allí opera la magia, nunca como presencia, sino como reticencia y resistencia personal.

Los llamados “actos mágicos” no transforman la realidad visible: transforman el estatuto de lo visible. La magia no altera los hechos; altera el espacio simbólico que los hace posibles. Y cuando ese espacio se desplaza, los hechos cambian por arrastre, como efecto secundario, casi irrelevante.

Por eso la magia no busca resultados… busca configuraciones del sentido común y humano.

El llamado mago (si es que aún puede sostenerse ese nombre sin degradarlo) no es un agente del poder, sino un custodio del límite. Es alguien que sabe dónde no avanzar, qué no nombrar, qué no forzar.

La magia no es expansión; es pura contención.
La magia nunca será capaz de conquistar, como mucho, de preservar.
El límite no es tan solo una carencia; es una forma superior de inteligencia.

Toda magia auténtica exige secreto, no como estrategia, sino como estructura ontológica. Lo completamente accesible se disuelve; lo totalmente expuesto se vuelve trivial…

El secreto no protege un contenido: protege la posibilidad misma de que haya sentido. Y pensar que lo que se ofrece a todos pierde identidad y peso ontológico.

Por eso la magia no puede ser comprendida sin deformarse. Comprender es reducir; la magia exige permanecer sin reducir, aceptar que el sentido no se entrega entero, que siempre queda un resto que no se deja traducir, que la inteligencia no consiste en apropiarse, sino en saber detenerse.

El mediocre confunde claridad con verdad, y la magia exige espesor.

La magia no consuela…
No salva…
No promete…

Y por supuesto, querid@s lector@s, no mejora la vida. Todo lo contrario: la vuelve dependiente de algo ficticio y, en algún momento, la puede volver grave.

La magia no ofrece esperanza: ofrece una opaca densidad. Y hay que tener claro que la magia jamás redime, sino que expone.

Expone al ser humano a la evidencia de que el mundo no está hecho para coincidir con su deseo de dominio ni con su necesidad de reflexión, de una inteligencia debida o explicación inmediata.

Y ahora os quiero hablar de lo que llamo yo «el espejo».

Si este texto te parece oscuro, innecesario, excesivo, inútil, es porque lo es.
Si te incomoda, es porque no te necesita.
Si no lo entiendes del todo, es porque no estás hecho para entenderlo, sino para señalar el lugar donde el entendimiento debe detenerse.

Ese lugar es la magia.

Y os pregunto, como siempre: ¿De qué sirve la magia?

Os voy a responder lo que pienso yo: sirve para impedir que el mundo se vuelva completamente disponible, sirve para resistir la colonización total del sentido, sirve para que algo permanezca intacto allí donde todo tiende a ser consumido.

Realmente —y para mí— la magia no sirve para nada.

Y por eso sostiene todo. Quizá sea la capacidad de reflexionar de un totalitarismo bastante inocuo en sus reflexiones, o en no querer pensar… (típico de esta sociedad en la que vivimos)… El verdadero compromiso (en una sociedad realmente comprometida) empieza con el compromiso consigo mismo.

Eso es la magia: no una ilusión… no un residuo… y mucho menos una esperanza. Tan solo un resto irreductible, un silencio estructural y «borreguil», una «supuesta» dignidad que no se explica y que no pide permiso.

Más realidad, más verdad y menos magia.

Os abrazo.

Jorge Esquirol
@elblogdejorgeesquirol
Artículo n.º 76 consecutivo

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