¿Cómo estáis?
¿Cómo estáis todos esos lectores que me seguís desde distintos países, desde diferentes ciudades, desde realidades culturales, políticas y sociales tan distintas, pero unidos cada viernes en este espacio?
Hoy no es un viernes más.
Hoy es el artículo 85 consecutivo de este, mi blog.
Ochenta y cinco semanas sin faltar una sola.
Ochenta y cinco viernes sin excusas.
Ochenta y cinco compromisos cumplidos.
Y precisamente por eso hoy toca, como toda esta nueva temporada, en la que decidí cambiar de registro y escribir no solo para tod@s vosotr@s, sino para mí, quizá volveros a incomodar.
Porque la constancia no es cómoda…
La disciplina no es cómoda…
Y la verdad no es cómoda…
Lo que sí es cómodo, y profundamente mediocre, es la «hipocresía intelectual», a la que yo llamo «La mediocridad de los hipócritas».
Vivimos en una época en la que cualquiera se autoproclama intelectual.
Basta con escribir frases largas…
Basta con citar autores que no se han leído…
Basta con criticar un texto que ni siquiera se ha entendido…
Basta con adoptar un tono grave, usar palabras técnicas fuera de contexto y señalar errores imaginarios…
Y «voilà»…, «magia»…, ya existe un nuevo intelectual.
Pero no.
No es pensamiento crítico…
No es análisis profundo…
No es reflexión cultural…
Es mediocridad disfrazada de superioridad.
El falso intelectual es el crítico que no comprende lo que lee…
Hay una categoría especialmente peligrosa, que es la del que critica sin comprender, el que escribe una reseña sin haber entendido el texto, el que analiza una idea fuera de su contexto, el que interpreta mal un concepto y luego lo ataca con soberbia.
Y, querid@s amig@s y lector@s, eso no es ignorancia, porque la ignorancia puede ser honesta…
Esto es peor…
Es arrogancia sin fundamento…
Es escribir para aparentar conocimiento…
Es publicar para alimentar el ego…
Es atacar para sentirse relevante…
Y eso, querid@s lector@s, no es cultura, es marketing personal barato.
La mediocridad cultural reside cuando la forma suplanta al contenido…
La mediocridad no grita, sino que susurra…
Se esconde detrás de palabras complejas…
Se disfraza de discurso progresista…
Se camufla en debates sobre conciencia social, cultura, ética y pensamiento crítico.
Pero, cuando rascas un poco, no hay ni existe ninguna profundidad, no hay rigor ni hay estudio; lo único que hay es pose, y la pose es la forma más sofisticada de la mediocridad.
Porque el mediocre auténtico al menos sabe o reconoce que lo es.
El hipócrita mediocre se cree brillante.
También os quiero hablar de un tema candente, «La hipocresía cultural», sí, esa o esos que hablan de progreso sin practicar excelencia…
Vivimos rodeados de discursos sobre causas o temas como:
Desarrollo personal…
Liderazgo consciente…
Cultura del esfuerzo…
Pensamiento independiente…
Transformación social…
Pero quienes más hablan de progreso son muchas veces los que menos se exigen…
Hablan de excelencia, pero producen mediocridad…
Hablan de ética, pero plagian ideas…, al ser incapaces de crear pensamientos o ideas por ellos mismos.
Hablan de conciencia, pero reaccionan con visceralidad ante cualquier crítica, se ofenden cuando alguien les señala una incoherencia, se indignan cuando alguien desmonta su argumento, se victimizan cuando se evidencia su falta de profundidad.
Y lo más grave es que a toda esta incoherencia la llaman debate.
Y no.
Eso no es debate…
Eso es fragilidad intelectual.
El problema no es la ignorancia, sino la vanidad.
No es grave no saber…
Es grave fingir que se sabe…
No es grave equivocarse…
Es grave no corregirse…
No es grave tener una opinión débil…
Es grave blindarla con soberbia…
La mediocridad intelectual nace de la vanidad, de la necesidad de parecer inteligente en lugar de serlo, de la obsesión por publicar, escribir y hablar antes que por comprender.
De la ansiedad por opinar sobre todo… sin haber estudiado nada.
El ruido digital, del que tanto os hablo, y la inflación del ego personal…
Internet ha democratizado la opinión, pero no ha democratizado el talento…
Y aquí empieza la incomodidad.
Que todo el mundo pueda escribir no significa que todo el mundo tenga algo valioso que decir…
Que todo el mundo pueda publicar no significa que todo el mundo deba hacerlo sin preparación…
La cultura digital ha generado una inflación del ego.
Más opinión…
Menos estudio…
Más crítica superficial…
Menos profundidad…
Más indignación…
Y menos lectura real.
Y en ese ecosistema prospera el hipócrita cultural.
El mediocre o los mediocres se creen brillantes.
Hay algo particularmente irritante en todos ellos:
El mediocre que se siente incomprendido…
El que cuando no recibe reconocimiento culpa al sistema…
El que cuando no destaca culpa al algoritmo…
El que cuando no progresa culpa a la sociedad…
Nunca es falta de talento.
Nunca es falta de disciplina.
Nunca es falta de trabajo.
Siempre es externo.
Eso no es pensamiento crítico, eso es puro autoengaño, y el autoengaño prolongado se convierte en identidad adoptada.
Luego existe la cultura de la apariencia intelectual:
Hay personas que construyen toda su identidad sobre una estética intelectual, fotos con libros que no leen, artículos que citan conceptos mal entendidos, opiniones grandilocuentes sin estructura argumentativa, críticas a textos que jamás han analizado con rigor, y, cuando alguien les exige precisión…
Se ofenden…
Porque ni saben ni nunca buscaron la verdad… buscaron validación…
Nunca buscaron diálogo, buscan aplausos y aprobación barata.
Y cuando no lo reciben, hablan de censura… ¿censura?; me descojono…
Voy a escribiros desde una crueldad necesaria… no todo el mundo es brillante…
Aquí viene la parte incómoda: no todo el mundo es brillante, no todo el mundo es profundo, no todo el mundo es intelectual…
Y eso está bien, de veras, está más que bien…
Lo que no está bien es fingirlo…
La verdadera crueldad no es señalar la mediocridad; la verdadera crueldad e imbecilidad es premiarla.
Porque cuando premiamos la superficialidad, castigamos la excelencia; cuando aplaudimos el ruido, silenciamos el rigor.
Cuando celebramos la pose, despreciamos el estudio; esa es la verdadera responsabilidad individual.
Este es el artículo 85.
Ochenta y cinco semanas sin fallar,
Sin excusas,
Sin culpar a nadie si un viernes hubiera sido difícil,
Constancia…
Eso es lo que diferencia al que construye del que critica…
Es fácil desmontar…
Es difícil crear…
Es fácil señalar errores…
Es difícil producir contenido con coherencia, continuidad y compromiso…
La mediocridad critica… y la disciplina construye.
¿Te has sentido aludido?
Si este texto te ha molestado, hazte una pregunta honesta:
¿Te molesta porque es injusto…
o porque es preciso?
La confrontación no destruye el pensamiento, sino que lo fortalece.
El verdadero intelectual no teme la crítica, la analiza, la procesa y la utiliza para mejorar.
El hipócrita, en cambio, la convierte en ataque personal.
«La mediocridad de los hipócritas» no es inocente, no es un fenómeno anecdótico, no es un simple defecto humano, es un problema cultural.
Porque, cuando la mediocridad se disfraza de autoridad, confunde a quienes buscan referencias verdaderas, y cuando el vacío se presenta como profundidad, contamina el debate público.
Cuando la superficialidad se presenta como análisis, empobrece el conocimiento colectivo.
Y eso sí es extremadamente grave.
Como reflexión final os querría decir que este artículo no está escrito para agradar, ni siquiera para incomodar… está hecho para reflexionar…
Porque el pensamiento crítico real no nace del aplauso, sino del cuestionamiento.
Si quieres escribir, estudia.
Si quieres criticar, comprende.
Si quieres analizar, profundiza.
Si quieres llamarte «intelectual», demuéstralo con rigor, no con retórica ni con «imbecilidades sin sentido».
Y si te duele este texto…
Tal vez no sea crueldad…
Tal vez sea un espejo…
Nos leemos el próximo viernes, Dios mediante, y os aseguro que en esta nueva temporada de mis artículos de mi blog, @elblogdejorgeesquirol, el artículo 86 no será más suave que ninguno de los últimos, ni de este mismo, porque en la verdad está el crecimiento.
Y recordad, a pesar de los obstáculos que os ponga la vida:
«Sed muy felices, por favor».
Os abrazo, desde México.
Jorge Esquirol.
@elblogdejorgeesquirol





