«La Noria»

Noria
«La Noria»

Hola a tod@s, ¿cómo estáis?

Penúltimo viernes de mes y aquí estamos, otra vez en la distancia, pero más cerca que nunca, en este mi nuevo artículo, ya el 82 consecutivo, de esta comunidad mundial de: @elblogdejorgeesquirol.

Existe un artefacto ancestral que, observado con distracción infantil, parece prometer ascensiones definitivas y descensos vertiginosos hacia territorios inexplorados.

La noria gira, resplandece, convoca luces y murmullos; ofrece la ilusión de un viaje cuando, en realidad, administra con meticulosa disciplina el retorno perpetuo.

En ese círculo de metal y de ruido domesticado se esconde una metáfora incómoda de nuestra existencia contemporánea: el movimiento sin desplazamiento, la agitación sin destino, el entusiasmo que desemboca en un idéntico punto de partida.

Subimos a la noria convencidos de que el trayecto nos modificará o llegará a llevarnos a lugares inexplorados o distintos… desde nuestra cabina se divisan, durante unos instantes, horizontes que parecen distintos, promesas que adquieren la apariencia de revelaciones, el corazón se acelera, los sentidos se desperezan, la adrenalina celebra su pequeño carnaval químico… pero, sin embargo, al concluir la vuelta, el suelo nos recibe con la misma indiferencia con la que nos despidió minutos antes. Nada esencial en nosotros ha variado, todo permanece, obstinadamente, en su lugar.

La condición humana, tan proclive y aferrada al espejismo, se enamora con facilidad de estos mecanismos circulares; confundimos actividad con progreso, ruido con sentido, velocidad con dirección. Habitamos rutinas ornamentadas que nos otorgan la coartada perfecta para evitar preguntas verdaderamente incómodas.

¿Hacia dónde se dirige esta sucesión de días idénticos? ¿Qué propósito profundo sostiene el esfuerzo reiterado? ¿Cuál es la finalidad última de tanto trajín meticulosamente programado?

La noria posee un encanto hipnótico; seduce con la apariencia de aventura y resuelve con la comodidad de lo previsible. Resulta ideal para una tarde ociosa, para un paréntesis festivo, para un instante de evasión intrascendente.

Convertirla, no obstante, en domicilio permanente constituye un desatino ontológico, ya que quien decide habitarla renuncia, sin advertirlo, a la vastedad imprevisible del camino abierto; se conforma con el sucedáneo de la experiencia, con la versión domesticada del riesgo, con la emoción prefabricada de catálogo.

Observemos la coreografía social que nos rodea: calendarios saturados, pantallas que reclaman atención constante, compromisos que se encadenan con la precisión de un engranaje industrial.

Giramos de reunión en reunión, de obligación en obligación, de estímulo en estímulo, persuadidos de estar avanzando y, sin embargo, muchas noches regresamos al mismo estado interior, a la misma fatiga sin recompensa, a la misma inquietud que ningún entretenimiento logra disipar.

La noria emocional funciona con idéntica lógica; repetimos patrones afectivos, reeditamos discusiones vetustas, reciclamos miedos heredados, revivimos expectativas que jamás cumplen sus promesas. Cada vuelta nos concede la breve embriaguez de lo conocido y, acto seguido, nos devuelve al punto exacto de nuestra insatisfacción original. Existe un vértigo confortable en esa repetición, una seguridad casi maternal en lo que nunca se transforma.

Algunos confunden fidelidad con inmovilidad; otros, prudencia con estancamiento.

El círculo ofrece la coartada perfecta para eludir decisiones valientes… mientras la noria gire, siempre habrá un mañana, excusa, prórroga o aplazamiento. El mecanismo nos exime de la responsabilidad de elegir un rumbo propio; basta con comprar otro billete y acomodarse en la cabina asignada.

Pero la vida, esa maestra severa e impredecible, no fue concebida para ser contemplada desde un asiento giratorio. Fuimos dotados de piernas y pies para caminar senderos irrepetibles, de imaginación para concebir destinos inéditos, de voluntad para inaugurar trayectorias que nadie haya transitado. El movimiento auténtico implica riesgo, incertidumbre, posibilidad de extravío y, precisamente en esa intemperie, se esconde la única forma genuina de crecimiento.

La noria carece de memoria y de futuro; solo conoce el presente mecánico de su rotación incesante y, querid@s amig@s y lector@s, os puedo asegurar que quien se conforma con su compañía termina por adoptar su misma filosofía circular.

Los días se convierten en fotocopias desvaídas, los sueños en proyectos postergados, la biografía en un inventario de intenciones jamás ejecutadas, llevadas a cabo o, en muchos casos, ni comenzadas… el entusiasmo inicial degenera en costumbre, la costumbre en hastío, el hastío en resignación.

Resulta imprescindible descifrar la diferencia entre emoción y plenitud. La primera es un relámpago efímero; la segunda, un territorio que se construye con decisiones arriesgadas. La noria ofrece chispazos de alegría controlada, dosis calculadas de vértigo inofensivo.

El camino, en cambio, exige coraje, renuncia, perseverancia; promete menos fuegos artificiales y concede más sentido.

Nadie niega el encanto ocasional de ese artefacto giratorio llamado noria. Existen momentos en los que una vuelta resulta incluso saludable, lúdica, liberadora. El problema surge cuando confundimos la anécdota con el proyecto vital, el entretenimiento con la vocación, el pasatiempo con la identidad. Es, entonces, cuando la noria se transforma en una prisión dorada, en una jaula elegante y en una excusa perfecta para no atrevernos a vivir de verdad.

Cada ser humano alberga una ruta irrepetible que reclama ser transitada… esa senda rara vez coincide con los recorridos circulares que la costumbre propone. Requiere abandonar la comodidad del mecanismo, descender de la cabina conocida y aceptar la intemperie estimulante del mundo real… implica asumir que el auténtico viaje no garantiza retornos seguros ni panoramas previsibles.

Quizá haya llegado la hora de mirar la noria con gratitud serena y despedirla con dignidad adulta, reconocer su función recreativa, agradecer sus instantes de euforia domesticada y, acto seguido, elegir la aventura incierta de un rumbo propio. Comprender que la existencia no se reduce a dar vueltas decorativas, sino a avanzar con determinación hacia paisajes reales todavía inexistentes.

Porque, por lo menos, yo pienso que merecemos más que un bucle confortable, porque la biografía reclama capítulos inéditos, porque la libertad auténtica no cabe en un círculo perfecto, porque ningún destino digno se alcanza repitiendo el mismo trayecto con distinta vestimenta y porque, al final del día, cada uno sabe en lo más hondo si vive o simplemente gira.

Y así, cuando las luces se apaguen y el bullicio se disipe, cuando la música mecánica ceda su lugar al silencio sincero, quedará una decisión inaplazable aguardando con paciencia: permanecer atado al engranaje o aventurarse hacia territorios sin mapas ni rutas definidas. Nadie puede elegir por nosotros; ningún mecanismo sustituye la valentía personal.

Por eso, al concluir estas líneas, solo cabe una invitación definitiva, despojada de adornos y de rodeos: sal de la noria, sigue tu camino, tu camino es válido y tú vales para no seguir dando vueltas.

Adelante, el mundo real está lleno de sorpresas y te está esperando.

Jorge Esquirol.
@elblogdejorgeesquirol

3 respuestas

  1. Un texto precioso y muy inspirador. Has logrado convertir una imagen tan simple como la noria en una metáfora profunda sobre la vida y la necesidad de avanzar de verdad. Invita a reflexionar, a cuestionarse y, sobre todo, a atreverse a salir de ese “círculo cómodo”. Muy bonito y necesario.

  2. Invita a pensar, a replantearse muchas cosas y, sobre todo, a dar el paso fuera de esa zona segura que a veces nos limita. Muy acertado. Enhorabuena Jorge.

  3. Personalmente tengo que concluir que el contenido es muy acertado. Es un sin fin de giros ciclicos. Hasta para mayor aburrimiento esta noria que representa nuestra vida. Ciclo repetitivo de rutinas cotidianas dia sí y otro también. Rutina que se convierte en esclavitud. Cumplir y más cumplir. Lo mismo pasa con la política aunque yo – en cuanto a la absurda politica Española – lo comparo con una montaña rusa por la velocidad con la que llegamos a conocer nuevas corruptelas y escándalos de índole abusivo en plan sexual de los de la llamada izquierda. Eso no es una noria. Una noria tiene velocidad constante. Lo del okupa ilegal de Moncloa SATURA MENTALMENTE por la cantidad de escándalos, traiciones, la corrupción y la velocidad en la cual se propaga todos los tejemanejes zurdos. No hay nada igual en todo el occidente. Ni siquiera en el mundo socialista dentro de la UE. Es vertiginoso el ritmo de revelaciones periodisticas con las que conocimos hechos criminales nuevos. Igual de vertiginoso resulta la velocidad con la que pretenden callar a escritores y periodistas no afines a «la causa» de la Familia socialista. Satura mucho. Agota. Cansa. Más que trabajar 8+ horas diarias. Es una comparación con la vida actual. De noria no tiene nada lo de las corruptelas. Eso es más propia a rutinas cotidianas repetitivas. Más comparable con nuestra vida ciclica de levantar, desayunar, ir a trabajar, comer, volver a trabajar, ir a casa, cenar, hacer tareas en casa, ir a dormir y al dia siguiente: más de lo mismo. Terminando la semana con la desilusión de no haber progresado nada y terminar el més con un sueldo que justo nos ha llegado para pagar facturas y no poder tener un capricho o disfrutar de algo.

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