Volver a ser un niño. Agosto, y ola de calor, y frío tremendo en otros países, del otro lado del «charco», del océano, no hay término medio, doy fe.
¿Cómo ha ido vuestra semana? Estéis de vacaciones o no, espero que todo os vaya bonito.
Tras la enorme y maravillosa tercera parada de mi Tour Literario: «La Pirámide del Alma» y justamente coincidiendo con el lanzamiento de la segunda edición de la versión española, la localidad de Villablino, el teatro de su Casa de Cultura, digna de mención, os lo aseguro, me acogió con los brazos abiertos y tuve el gran privilegio de tener como compañera de conferencia a la gran concejala de Cultura, Dña. Mercedes Fisteus. Mil gracias, Mercedes, porque sin preparar absolutamente nada, la energía o sinergia fluyó de tal manera que para mí será imborrable.
Si os digo la verdad —no os voy a engañar— no tenía claro de qué quería escribiros hoy, como en muchas ocasiones, pero las musas acaban de visitarme y hay algo que me rondó en la cabeza justo el martes, el día de la presentación.
¿Os habéis preguntado o habéis sentido alguna vez el querer volver a la época de vuestra niñez, o «volver a ser un niño»?
A veces me pregunto en qué momento exacto dejé de ser aquel niño que fui. No el día en que cumplí la mayoría de edad, ni cuando firmé mi primer contrato de trabajo, ni siquiera cuando la vida me dio mi primer gran desilusión o quizá portazo.
Me refiero a ese instante invisible en el que dejamos de mirar el mundo con los ojos de la ilusión, en el que dejamos de correr sin motivo, de reírnos con verdad, a carcajadas sin filtro, de soñar despiertos sin miedo al qué dirán. ¿Eres capaz de recordarlo? ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que fuiste, de verdad, ese niño que fuiste en su momento?
Hay un momento, en medio del verano, en el que el mundo parece callarse, como si un silencio se apoderara del ambiente.
Las ciudades se vacían, las redes se ralentizan, el reloj afloja su pulso, ritmo y velocidad.
Y tú, sin saber muy bien cómo, muy probablemente llegas a escucharte.
Es justo en ese momento, cuando no existen las prisas, cuando no hay planes establecidos ni obligaciones rutinarias.
Es justo en ese momento cuando las voces externas desaparecen y, sí, te llegas a escuchar a ti.
Y, a veces, lo que oyes te conmueve.
Otras veces te duele, o te agrada, pero, sobre todo, te hace recordar.
Y esos recuerdos tienen algo esencial y especial: que hubo un tiempo en el que no tenías miedo.
Un tiempo en el que te emocionabas por cosas pequeñas.
Un tiempo en el que no te cuestionabas si estabas siendo suficiente.
Un tiempo en el que simplemente eras tú mismo.
Y en algún punto de este viaje hacia tu ser adulto del presente, algo por el camino se fue perdiendo.
Tal vez no fue de golpe, pero sí en pedacitos o en pequeñas piezas: tu risa espontánea, tu ilusión por lo sencillo, tu capacidad de sorprenderte, tu deseo de imaginar, de ilusionarte sin medida, sin límites, con la certeza de que el mundo podía ser tuyo.
Nos llenamos de prisas, responsabilidades, expectativas y, sin darnos cuenta, empezamos a vivir hacia fuera y nos olvidamos de lo más importante y de nuestra prioridad: nosotros mismos.
Damos prioridad al «tengo que», al «debería», a «lo que esperan de mí», y poco a poco, sin darnos cuenta, nos vamos deconstruyendo.
Este mes de agosto, normalmente, siempre llega con una pausa, con ese calor que nos obliga a ir más despacio, a detenernos, con esa luz que lo baña todo de nostalgia, con ese silencio que deja espacio a lo pendiente.
Y entre todo eso… aparece ese niño… ese niño que aún te habita. No pienses que nunca se fue, tan solo se ha hecho pequeño en tu memoria y en tus recuerdos, pero siempre estará ahí, esperando que vuelvas.
No, y nunca pienses que volver a él es para vivir como antes, sino para volver a ser desde otro lugar, que ya habitaste y viviste: más consciente, más libre, más tú.
¿Y si este verano no fuera solo para descansar?
¿Y si fuera para recordar quién eras antes de olvidarte? Antes de las prisas, el estrés, las facturas, los fracasos y los miedos.
¿Y si usaras estos días para abrazarte desde dentro en lugar de escapar hacia fuera?
Me gustaría que cerraras tus ojos y que te preguntaras a ti mismo:
«¿Qué soñaba yo a los diez años?»
«¿Qué me hacía feliz?»
Volver a ser no es retroceder, no es infantilizarte, no es renunciar a lo que has aprendido.
Es reconciliar al adulto que eres con el niño que fuiste, es buscar tu centro, un equilibrio perfecto en ti mismo, es tender puentes y es decirte: «Sigo aquí, y aún me necesito».
Tender ese puente es cuidar de ti como no supieron cuidar otros, es permitirte llorar por lo que no fue y sonreír por lo que aún puede ser y está por llegar, es darte el permiso de vivir sin tanta armadura, sin tanta atadura, es como sacar esa ternura tan tuya de algún rincón de tu trastero.
Me gustaría que recordases siempre que: «Volver a ser, es volver a sentir».
Pues sí, yo soy de los que piensa que, en verano, todo se ablanda, hasta nosotros. Por eso ahora es el momento perfecto para volver a esos recuerdos y a ese «niño que fuiste», para quizá poder respirar, para mirar al cielo y decir: «Estoy cansado de fingir, quiero volver a mí, a ser el que fui o a ser yo mismo y a esa esencia que perdí por el camino y por una sociedad impuesta a través de todos estos años».
Y sí, quizás al principio no sepas por dónde empezar, pero no hay prisa, no te apures, no hace falta hacerlo todo, tan solo hace falta parar un poco y escuchar, escucharte a ti mismo.
No tienes que ser perfecto, solo tienes que ser honesto contigo y quizás, en ese acto que parece tan sencillo, redescubras tu risa, tus ganas, tu vocación oculta o simplemente la calma que hacía tanto que necesitabas y no sentías, ni lograbas encontrarla.
Tú, que ahora me estás leyendo desde cualquier parte del mundo, tal vez estés atravesando un momento de duda, de búsqueda, de cansancio. Tal vez has sentido, como yo, que no encuentras tu sitio, tu lugar en el mundo, tu público o tu propósito, que nada de lo que haces parece suficiente ni válido para ti.
Pero vamos a reflexionar por un momento: ¿y si no se trata de hacer más? ¿Y si se trata, simplemente, de volver a ser? De regresar a tu verdad más pura, a lo que encendía tu alma antes de que empezaras a apagarte por dentro.
No necesitas validarte en cifras, ni en comentarios, ni en aplausos. Lo que necesitas es permitirte volver a vivir con la intensidad de antes. ¿Y sabes algo? Tengo una gran noticia, y esa maravillosa noticia es que nunca es tarde, porque la luz que un día tuviste, esa con la que mirabas el mundo, sigue estando ahí y sigue perteneciendo a ti, es tan solo de tu propiedad. Jamás se fue, tan solo se necesita que abras tu corazón para volverla a encender y vivir.
Jorge Esquirol
@elblogdejorgeesquirol
Posdata:
Cuidaos mucho, disfrutad de este mes de agosto, respetaros y deciros «te quiero» (que es gratis) y, como siempre os digo:
«Sed muy felices, por favor»
Hasta el próximo viernes, os espero a tod@s.
Os abrazo y os quiero cada día más.
Jorge Esquirol
3 respuestas
Qué bonita reflexión y cómo me ha trasladado a esos veranos de mi infancia pasando mis vacaciones en la playa. Lugar donde suelo regresar cada año y donde justamente ahora me encuentro.
Esos flashes de mi niñez vuelven a mi cabeza, como tú comentas, al pasear por cada rincón de este lugar. Hay recuerdos, vivencias, sentimientos y añoranzas. Es como abrir esa caja que llevamos en nuestro interior, haciendo un simil a las cajas de objetos cerradas, de las que hablabas en tu anterior capítulo. Pero la diferencia es que éstas se abren solas, sin que lo decidamos nosotros y nos llenan de miles de sensaciones a la vez y que, en un segundo, te hacen viajar a tu pasado reviviendo lo que allí pasó…
Por suerte la luz interior, la ilusión, como bien dices, la conservamos dentro aunque no seamos conscientes.
Yo, en primera persona, quiero dar fé de ello. Pues, tras muchos años creer que esa luz se había marchado de mi, me sorprendió que hace unos 4 años, volvió a dejarse ver y que cada vez se ha ido haciendo más brillante, y que hoy su fuerza es más potente que la que tenía en aquellos maravillosos momentos pasados. Todo ello fué un proceso lento de análisis de mí misma, de autocomprensión y de autocompasión.
El sentir que estás vivo y en paz es lo que te da la calma que te hace verte en plenitud.
Muchas gracias Jorge, por hoy hacerme revivir aquello que fuí y así volver a agradecerme esa apuesta por mí que hice cuando estaba en uno de los peores mentos de mi vida, donde el MIEDO me hizo invisible pero… de lo que aprendí cómo hacerme fuerte y evolucionar hacia esta persona que soy hoy y mostrarme tal como pienso y siento, tal como soy.
Qué maravilla de mensaje María, me ha emocionado leerte.
Has descrito con una sensibilidad inmensa esa magia de los recuerdos que se abren solos, sin pedir permiso, y nos envuelven con su luz y su nostalgia.
Me alegra muchísimo saber que esa luz interior que un día pensaste perdida ha vuelto con más fuerza que nunca. Ese proceso que compartes —de análisis, autocomprensión y autocompasión— es un auténtico ejemplo de valentía y amor propio.
Como bien dices, sentir que estás vivo y en paz es uno de los mayores regalos que podemos darnos.
Gracias por abrirme la puerta de tus recuerdos y por dejarme acompañarte, aunque sea a través de las palabras, en este viaje tan humano y tan real.
Un abrazo enorme y toda mi admiración por la persona que eres hoy
A veces me gusta recordar momentos de mi infancia, puede ser yo solo, conmigo mismo, pero también me gusta hacerlo con mi hermanos, o mis amigos. En muchas ocasiones también le cuento anécdotas de mi niñez con mis hijos. Que sepan que un día su padre también fue un niño. A veces puedo sentir que ese niño que fui no está muy lejos y que con tan solo un clic en mí cerebro, ese niño despierta en mi. Me encanta escuchar a ese niño y reír co el. Entonces me doy cuenta de en realidad nunca se fue, y que todavía sigue conmigo y que estará hasta el fin de los días.