Desde cualquier lugar del mundo, hoy precisamente me gustaría nombrar a mi ciudad de nacimiento, Madrid, por ser San Isidro, patrón de Madrid y de todos los madrileños, desde esta esquina pequeña del mundo que también observa y piensa, saludo a todos los que leen este mi blog personal, que hoy cumple 94 artículos consecutivos.
A quienes me leen desde El Salvador, desde Argentina, desde Irlanda, desde Dinamarca, desde Noruega, desde Italia, desde Suiza, desde Francia, desde Portugal, desde Grecia, desde Reino Unido, desde los países nórdicos donde el silencio pesa más que las palabras, y también desde ese rincón tan especial y tuyo donde me estás leyendo ahora mismo, donde millones de almas caminan juntas mientras muchas siguen sintiéndose completamente solas.
Saludos a Europa entera, a quienes leen en un tren, en un hospital, en una cafetería, en una oficina donde ya no soportan a nadie, o en la madrugada de una habitación donde el ruido más fuerte es el de sus propios pensamientos; porque al final, todos compartimos una misma “tragedia” …la inmensa dificultad de mirarnos de frente.
Y entonces aparece la pregunta, si, la pregunta que da título a este artículo no es una pregunta superficial, ni una decorativa que algunos colocan en redes sociales para aparentar profundidad, no, no va por ahí la cosa.
La pregunta real es: ¿Tú, te conoces?
No quién dices ser, ni quién aparentas ser, no quién necesitas vender que eres para sobrevivir socialmente, la pregunta es otra, diferente y real, o quizá te quisiera hacer varias:
¿Te conoces cuando nadie te mira?
¿Te conoces cuando el personaje desaparece?
¿Te conoces cuando la noche te obliga a convivir contigo mismo sin distracciones, sin alcohol, sin música, sin amigos, sin sexo, sin validación y sin máscaras o maquillajes que distorsionen la verdadera realidad de ti?
Porque la mayoría de las personas no quieren conocerse, y me incluyo a mí mismo, que pasé por este proceso, pero tomé consciencia a tiempo.
La mayoría de las personas prefieren distraerse, “anestesiarse”, a su modo, para no querer observarse en realidad como son.
Quieren llenar cada segundo de ruido para no escuchar el eco insoportable de su propia conciencia.
Vivimos en una sociedad donde la gente ha desarrollado una habilidad extraordinaria para analizar la vida ajena mientras ignora completamente la suya; la crítica se ha convertido en un deporte global…todos opinan…todos juzgan y todos se creen en el derecho de sentenciar; todos creen poseer una autoridad moral que jamás han construido realmente, pero mientras tanto, muy pocos se han sentado alguna vez a revisar su propia historia con honestidad real y a la vez brutal.
Porque conocerse implica destruirse primero, implica aceptar que quizá no eres tan bueno como creías, también implica aceptar que has mentido, que has manipulado, que has sido egoísta, que quizá arruinaste momentos importantes en la vida de otras personas, (yo me analicé y aún no me explico, como sin querer o quizá queriendo y movido por la rabia y el dolor, pude hacer daño a personas que no se lo merecían, a las cual les pido y les seguiré pidiendo el resto de mi vida, mi más humilde perdón).
Que muy posiblemente exigiste comprensión mientras tú jamás comprendiste a nadie, ¿no es cierto?
El ser humano tiene una obsesión enfermiza con señalar defectos ajenos porque eso le evita enfrentarse a los propios; criticar produce una sensación temporal de superioridad moral, es lo que yo llamo o tildo como “un narcótico psicológico”.
Mientras hablas de los errores de otro, puedes olvidar por unos minutos la “ruina emocional que escondes dentro de ti”
Y ahí aparece una de las grandes miserias contemporáneas… personas rotas intentando dirigir la vida de otras personas rotas, (increíble frase improvisada y casi capicúa si no fuera por la profundidad que tiene).
Vivimos rodeados de individuos que no saben quiénes son, o dicen que “son” lo que no “son”, pero quieren decidir quién deberías ser tú, o quizá aprender de ti, cuando lo que tendrían es que dejar de aparentar y empezar aprender de ellos mismos.
Personas incapaces de gobernar su mente intentando gobernar opiniones ajenas; personas que jamás vencieron sus demonios intentando darte lecciones de estabilidad…personas emocionalmente vacías hablando de amor y de coherencia.
También existen personas profundamente inseguras hablando de autoestima, que jamás se aceptaron a sí mismas criticando la vida completa de otros seres humanos, y lo más peligroso es que muchos ni siquiera son conscientes de ello…porque el autoengaño es la droga más poderosa creada por la mente humana.
Hay individuos que construyen una versión ficticia de sí mismos y terminan creyéndola, ellos mismos se la creen a pie juntillas, se convierten en personajes de su propia mentira, caminan por el mundo convencidos de una superioridad inexistente mientras esconden traumas, cobardías, frustraciones y mediocridades que jamás tuvieron el valor de confrontar ni con ellos mismos.
Por eso conocerse requiere un nivel de valentía que muy pocos alcanzan, porque querid@s amig@s, no es fácil mirar atrás y reconocer todas las veces que fallaste, tampoco es fácil aceptar que también has sido el villano en la historia de alguien; no es fácil comprender que muchas veces actuaste desde el orgullo, desde el resentimiento, desde la mentira, la imitación o desde el miedo.
Y es ahí, dónde empieza la verdadera inteligencia emocional, no en citar frases filosóficas, ni en aparentar profundidad intelectual…no en publicar reflexiones vacías diseñadas para conseguir aprobación……
La verdadera profundidad comienza cuando un ser humano se atreve a desmontar su propio ego pieza por pieza, y os puedo asegurar por experiencia propia que eso es doloroso.
Duele descubrir que muchas decisiones de tu vida no nacieron de la libertad, sino de tus propias heridas, duele comprender que a veces no amabas a alguien, sino que necesitabas que alguien llenara vacíos internos, también duele aceptar que muchas veces fingiste seguridad mientras estabas hecho añicos por dentro….
Y por estas pequeñas cuestiones de una lista mucho más larga, la mayoría huye de su propia verdad; porque conocerse implica atravesar un juicio interno donde no existen abogados defensores: solo estás tú frente a tú verdad y la verdad jamás habrá sido tan incómoda.
La sociedad actual premia la apariencia, no la introspección, premia la rapidez, no la reflexión, premia la exposición constante, no el silencio…hasta premia la estupidez y la ignorancia…por eso tanta gente vive desconectada de sí misma, porque jamás se detienen, porque pensar profundamente se ha convertido casi en un acto de rebeldía.
Muchos saben perfectamente lo que hacen los demás, pero ignoran completamente lo qué ocurre dentro de ellos, o quizá prefieran o quieran ignorarlo, para no darse cuenta por qué se sienten vacíos, para no saber por qué destruyen relaciones, ni por qué necesitan aprobación constante…no quieren darse cuenta de por qué sienten rabia incluso cuando aparentemente todo va bien, y no lo saben porque jamás hicieron el trabajo más importante de todos, sentarse a conversar honestamente consigo mismos.
Hay personas que pasan toda la vida huyendo de esa conversación y morirán sin tenerla.
Se refugian en trabajos que detestan, en relaciones que no aman, en rutinas mecánicas, en fiestas interminables, en distracciones digitales y en el ruido permanente.
Porque el silencio tiene una característica aterradora…que revela y lo que revela es la verdad de uno mismo; y cuando el silencio revela, muchos descubren que llevan años interpretando un personaje que ni siquiera les gusta, ni jamás les perteneció.
Querid@s amig@s y lector@s, este texto, como todos mis artículos desde hace ya tiempo no pretenden daros respuestas fáciles, ni regalaros frases motivacionales de “supermercado barato”, nunca va a pretender decirte que eres perfecto, porque no lo eres y te estaría mintiendo, pero no sólo a ti, es que nadie lo somos.
Los seres humanos somos imperfectos por naturaleza; hemos hecho daño alguna vez, hemos decepcionado, fallado, sido débiles…hemos tenido pensamientos oscuros y actuado mal incluso sabiendo que estábamos actuando mal.
Esa es la “puta” realidad.
Pero precisamente reconocerlo es lo que puede convertirnos en algo más conscientes y sobre todo más nosotros, más genuinos y más reales.
El problema no es cometer errores, el verdadero problema es construir una vida entera basada en negar que los cometiste, porque en el nacimiento de tu hipocresía es donde nace la arrogancia moral, ahí nace esa gente que vive señalando al mundo mientras jamás tuvo el valor de mirarse al espejo sin filtros y señalarse así mismo.
Y quizá por eso la pregunta sigue siendo tan incómoda, porque responder honestamente quién eres exige desnudarte psicológicamente frente a ti mismo, sin ningún tipo de excusas, ni maquillaje emocional, sin teatro, ni escenario…. Tan solo tú.
Y tal vez ahí, justamente ahí, comience la posibilidad real de evolucionar como ser humano, porque quien se conoce profundamente deja de necesitar aprovecharse ni destruir a los demás para sentirse importante, quien llega a reconocer y a “entender» sus sombras, aprende a ser más prudente con las sombras ajenas.
Quien reconoce sus miserias desarrolla algo extremadamente raro en esta época…la humildad, pero no la humildad fingida, ni la humildad performativa, no me refiero a esa humildad que muchos utilizan como estrategia social, sino a la humildad verdadera, la que nace cuando entiendes que dentro de ti también existe oscuridad.
Así que antes de opinar sobre vidas ajenas, antes de juzgar caminos que desconoces, antes de intervenir en destinos que no te pertenecen, quizá deberías detenerte unos minutos, sentarte de frente ante ti mismo y formularte la única pregunta verdaderamente importante: ¿Tú, te conoces?
Jorge Esquirol
@elblogdejorgeesquirol






Un comentario
A día de hoy digo: Sí, me conozco. Y lo digo con rotundidad. Eso no supone que no me vayan a quedar muchas conversaciones pendientes conmigo misma para seguir conociéndome más aún.
Cada reflexión interior me hace llegar a conclusiones para mi bienestar, pero que a la vez no dañen a quien tengo alrededor, pues siempre parten de la base de las buenas intenciones .Y esas conclusiones las hago mías como lecciones de vida.
Yo no llevo máscara. Cuando me ven y cuando no me ven soy la misma porque siempre actúo desde lo que yo creo que es lo correcto y me gusta hacerlo así, no por otros, sino por ser fiel a mí misma y a mis creencias y valores.
En el pasado, claro que miro atrás y veo, en mi yo pasado, cosas que no me gustan que hice, pero he ido reculando y ahora estoy muy orgullosa de la persona en la que me he convertido. Y con eso me quedo porque para mí es muy valioso sentirme en paz y armonía y no generar conflictos ni malestar ni en mí, ni en otros…
Y añado que la crítica de las vidas ajenas me importa «nada». Mi tiempo me lo dedico a mí y a mi crecimiento siempre.
Muchas gracias Jorge, por otro viernes más de reflexión.
Saludos.