«Os amo, Mérida, Yucatán»

Mérida
«Os amo, Mérida, Yucatán»

Hay capítulos que no se escriben, se revelan, debido a tus experiencias propias.

Este, el número 86 de mi blog personal, no responde a una voluntad de narrar, sino a una necesidad de dejar constancia. Porque hay experiencias que, de no ser fijadas con palabras, corren el riesgo de diluirse en la memoria como si nunca hubieran ocurrido, y lo vivido en estos días en Mérida, en el corazón de Yucatán, no merece ese destino.

He sido invitado durante esta semana a formar parte de la FILEY, un espacio donde la literatura no se limita a la lectura, sino que se convierte en encuentro, en intercambio, en un tejido vivo de ideas y sensibilidades.

Allí, entre páginas, conversaciones y silencios compartidos, he tenido el privilegio de contribuir, pero, sobre todo, de observar y aprender, porque uno llega creyendo que viene a ofrecer algo y termina comprendiendo que es mucho más lo que recibe.

Mérida no se impone, se revela con una elegancia pausada. Yucatán no necesita reivindicarse, se sostiene por sí mismo.

He tenido el privilegio —y no quiero usar la palabra a la ligera— de conocer a personas cuya forma de estar en el mundo responde a principios que en otros lugares parecen haberse debilitado. Personas que escuchan sin interrumpir, que miran sin juzgar, que atienden sin calcular.

Aquí, el respeto no es un gesto ocasional, es una estructura invisible que sostiene cada interacción.

Se valora al prójimo…
Se le reconoce…
Se le cuida…

Y ese cuidado no es paternalista ni invasivo; es una forma de dignidad compartida.

No puedo evitar, desde esta vivencia, mirar hacia mi país de origen, España, con una mezcla de afecto y lucidez crítica. Porque amar un lugar no implica renunciar a cuestionarlo; al contrario, implica exigirle más.

España ha sido, históricamente, un territorio de riqueza cultural incuestionable, pero en su presente cotidiano, en sus dinámicas sociales más inmediatas, parece haber extraviado ciertos códigos esenciales de convivencia.

Se ha normalizado una forma de relación donde la prisa sustituye a la atención, donde la ironía desplaza al respeto, donde la palabra pierde su peso y se convierte en ruido. Se habla mucho, pero se escucha poco. Se opina con rapidez, pero se comprende con dificultad. Y, en ese proceso, el otro deja de ser una presencia valiosa para convertirse, en demasiadas ocasiones, en un elemento secundario.

Frente a ello, Yucatán se alza —sin estridencia— con una humildad que asusta, como un contrapunto profundamente revelador. Aquí, la conversación tiene ritmo, el silencio tiene lugar, y la cortesía no es una formalidad vacía, sino una manifestación auténtica de consideración.

Hay una conciencia constante de que cada encuentro importa, de que cada palabra deja huella, de que cada gesto construye o destruye algo en el otro. Y esa conciencia transforma la experiencia de quien llega.

Durante estos días en la FILEY, he tenido la oportunidad de dialogar con lectores, autores, organizadores y ciudadanos que comparten una misma cualidad, que no es otra que la autenticidad.

No hay impostura en la cercanía, no hay cálculo en la amabilidad; lo que se ofrece es genuino, y eso —en un mundo cada vez más mediado por apariencias— tiene un valor incalculable.

He sentido, en más de una ocasión, que mi presencia era recibida no como una formalidad, sino como una oportunidad de encuentro real, y esa sensación, tan sencilla y extraordinaria a la vez, redefine la manera en que uno entiende su propio lugar en el mundo.

Porque cuando uno es tratado con respeto, aprende a respetar mejor. Cuando uno es escuchado, aprende a escuchar. Cuando uno es valorado, comprende el verdadero significado de valorar.

Este capítulo no pretende establecer una confrontación simplista entre territorios ni caer en comparaciones superficiales. Pero sí asume, con claridad, que existen diferencias profundas en la forma en que las sociedades construyen sus vínculos humanos y que esas diferencias importan.

Yucatán no es perfecto, ningún lugar lo es. Pero, en su manera de tratar al otro, en su forma de sostener la dignidad cotidiana, ofrece una lección que trasciende lo local y se vuelve universal.

He llegado aquí como invitado, pero me marcho como alguien transformado.

Os amo, Mérida, Yucatán.

Repito estas palabras como quien marca un punto de inflexión, como quien reconoce que hay lugares que no se limitan a ser visitados, sino que pasan a formar parte de la propia biografía emocional de cada ser.

Porque lo que aquí he encontrado no es solo hospitalidad… es humanidad en estado puro. Y eso deja huella.

A todos aquellos que han formado parte de esta experiencia —de manera directa o indirecta—, solo puedo decirles que su forma de estar, de acoger y de compartir no ha pasado desapercibida…; al contrario, ha sido profundamente significativa.

Os llevo y os llevaré siempre en mi corazón.

Nos vemos muy pronto, amigos.

Gracias, Mérida.
Gracias, Yucatán.
Os amo.

Jorge Esquirol
@elblogdejorgeesquirol

Un comentario

  1. Qué bien que hayas recopilado, en tu blog, todas esas sensaciones y experiencias de las que nos has ido dando pinceladas, por redes sociales, de estos días que llevas en México.
    Me parece una vivencia humana y cultural muy interesante. Digna haber sido hecha y de repetir mil.
    Tengo la necesidad de hacer una reflexión personal ahora, porque hay algo que me ha impactado, de manera exponencial, en lo que cuentas en este capítulo, porque yo lo anhelo mucho en mi día a día.
    Y eso es: “sentir que la gente me escucha cuando hablo”. Creo que está bastante generalizado el solo oír o aún menos. Y lo detecto porque:
    -Mientras hablo me cortan para hablarme de otro tema que nada tiene que ver, dándome cuenta de que quizás no hayan escuchado nada de lo que yo decía.
    -Aporto algún consejo o idea, solicitado, y al terminar, la persona empieza a hablar de otro tema diferente como si nada se hubiera dicho antes y pienso que mi esfuerzo por aportar quizás haya sonado “sordo” en la cabeza del otro…
    – Y así más y más. Y eso desgasta, porque hablar no es solo abrir la boca y que salgan sonidos, es aportar lo que sabes, es razonar para poder ayudar, reflexionar y aportar lo que en uno hay para mejorar una situación… Y sinceramente, caigo en desgana por este tipo de actitudes.
    Pero, Jorge, que hables de que allí, lo general es conversación, no interrupción, escucha , análisis, compartir opiniones y llegar a conclusiones que sumen más… eso, para mí tiene un valor extraordinario. Y te aseguro que me sería importante encontrar.
    Yo, escucho. Me gusta aprender, me gusta dialogar, si me interesa busco por mi parte más sobre el tema y veo súper valioso compartir información con diferentes personas en las que cada uno aporta lo que conoce y al final sea un enriquecimiento mutuo.
    Feliz estancia, sigue disfrutando de esas maravillosas vivencias que aún te quedan!
    Y gracias, por un viernes más de reflexión.

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